Paloma mensajera de la Paz
Paloma mensajera de la paz
Escondida debajo de un tosco armario de pino, pasaba las horas temblando, su libertad coartada, su miedo ensalzado, el hambre y la sed ilimitadas. Su minúsculo cerebro de paloma bravía no era capaz de abarcar más recuerdos que aquel, aquellas manos ajadas de dedos curtidos, grasientos, sucios, que la atenazaban y aquellas tijeras oxidadas que cortaban sus plumones, las cañas huecas y las plumas de una de sus alas.
Ya no podía volar.
Ya no podía escapar.
Dejó de ser libre.
Lo más atrás que recordaba era el dolor que sintió en el aire, mientras volaba con rumbo y destino conocido, un ruido a sus pies y como lentamente caía hacia el suelo. No se sustentaba en el aire, dolía, algo se había metido en su cuerpo, le había dañado, sus alas no respondían, y descendía cual paracaidista, hacia la prisión de su desdicha.
Ahora, arrinconada, inmóvil, capturada su voluntad, aquella paloma mensajera se estaba dejando morir, aterrada por lo extraño, paralizada por una fuerza externa más fuerte, gimoteaba en vez de luchar, escondía su cabeza en las sombras, se refugiaba entre su propia angustia de un ser defenestrado y herido.
Unos pasitos sigilosos, almohadillados, un bulto pequeño se movía dando vueltas, blanco y negro, era la propia muerte en persona quien merodeaba su mazmorra, con cuatro patas, bigotes finos, mirar felino, un lindo gatito paseaba en busca de algo, ella se quedó quieta, más que nunca, su corazón ni palpitaba, presa y depredador jugaban al escondite, al juego de la vida y de la muerte, al juego de la supervivencia del más fuerte, al juego evolutivo, y allá, mimética, en un rincón, la paloma mensajera esperaba el desenlace, y el bigotudo la vio, avanzó hacia ella en movimientos de mamífero perezoso trepa árboles, y la mensajera, se percató, su instinto le hizo huir, dejar la seguridad de aquel rincón y revolotear chocando con las paredes, golpeándose, magullándose nuevamente, buscando los resquicios apropiados para huir de la muerte. La llegada de la muerte era lo que le había dado alas, alas rotas, alas que no le permitían volar, pero si revolotear, si patalear sobre el vaso de leche donde se estaba hundiendo, y de tanto, tanto, tanto patalear, esta habíase cuajado, hecho sólida y ahora podría escapar, ¿ó quizá no?. El gato era joven, poco hábil, poco ducho aun en caza de presas, pero aquella era una de esas en teoría fáciles, herida, asustada, débil, sin lugar a donde escapar en aquel cuartucho de paredes de barro y muebles destartalados, se relamía los labios, afilaba sus garras que servirían de tenedor y sus incisivos, de cuchillos bien templados. Tendría que escupir unas cuantas plumas antes del banquete, pero nada es gratis, y la seguía con la mirada, girando en su alrededor, la boca hecha agua.
La arrinconó.
De un ágil salto le plantó sus patas, sus tenedores, sobre su cuerpo, mientras la mensajera se debatía en últimos esfuerzos de librarse de aquellas garras, desesperados y vanos intentos de rechazar el fin, de pelear hasta el final. Ahora si peleaba. Ahora tenía un motivo. Su vida.
Era curioso, en aquel rincón, cuando no temía por su vida, vivía con miedo, inmovilizada, y sin lucha, cobarde, sin buscar una salida, prisionera de sus temores, y ahora, prisionera también, se empeñaba en luchar.
La claridad del día penetró a través de una puerta por la que un gigante dando gritos y haciendo aspavientos surgió de la nada. Presa y depredador sintieron pánico. El felino intentó antes de la desesperada huida, clavar sus dientes en el cuerpo de la paloma, y huir con ella, como alma que lleva el diablo, mas esta, con reflejos más de gato que de pájaro, se escabulló de entre sus fauces.
Un zapato voló por encima de la cabeza del gato, rizándole las orejas, y turbado y perplejo, el señor felino huyó raudo a través del mismo agujero por donde había entrado, una especie de gatera a media pared, por donde la mensajera, de haber sido dotada de mejor inteligencia y con un poco de paciencia, podría haber escapado.
Sintió de nuevo las mismas manos rudas sobre su cuerpo. Apretaban. Cambió de manos, de manos de gato a manos de humano. ¿Qué más daba? .
Apenas si podía moverse sujeta por aquella pinza, por aquella tenaza.
Vio como abandonaban aquella especie de cuadra donde había estado prisionera cuatro días y salían a la soleada mañana. Una primaveral mañana de primeros de mayo.
- Eh, tú, estúpido, ¿es que no te has dado cuenta hasta ahora?.
- Vuélveme a llamar estúpido y te arranco ¡Anda! ¡Es verdad! ¿Seré estúpido?.
La mensajera notó como unos dedos torpes hurgaban entre sus patas y le arrancaban un trozo de papel, que hacía cinco días formaba parte de su fisonomía, cuando en un lugar bastante alejado de allí, otros dedos, le ataron aquella nota a sus frágiles huesos.
- Vamos a leer lo que pone.
- Toma, léelo tú.
- Trae acá, so ignorante.
- Te juro que un día de estos despertarás con este cuchillo entre
- Aquí dice : La Guerra ha Terminado .
- ¡¡ Ha terminado ¡¡ ¡¡ La guerra ha terminado ¡¡
La mensajera se vio dando vueltas y más vueltas, zarandeada en el aire, alzada hacia arriba, lanzada en volandas y vuelta a coger, se sintió, sin saber quienes eran Sancho y Quijote, como cuando a estos los manteaban, se sentía peor que cuando el bigotudo la tenía atrapada en el pesebre, cuadra, ó lo que fuese aquel redil de paredes de barro donde estuvo encerrada.
- Esto hay que celebrarlo. Por todo lo alto. ¡¡ La guerra ha terminado ¡¡ .
- Si, hurra, hurraaaaaaa, hip, hip, Hurraaaaaaaaa.
La paloma notó como aquellos dos humanos empezaron a andar hacía unas tiendas de lonas situadas varios cientos de metros más allá, donde un grupo de hombres practicaban diversas faenas en el campamento militar de la retaguardia.
- Capitán, capitán. La paloma, la paloma ha traído la buena nueva. La paloma. La guerra ha terminado.
- ¿Qué dices, majadero?
- Mire, mi capitán, es una de nuestras palomas mensajeras, viene del frente, trae un mensaje entre sus patas, firmado, hemos ganado, hemos ganado la guerra. Mire, tenga, léalo. El enemigo ha capitulado.
- Una paloma mensajera de la paz.
- Si, mi capitán, una paloma de la paz.
- Dámela y Retírate.
La mensajera sintió como ahora la sujetaban unos dedos más blandos, más delicados, que parecían acariciar, en vez de apretar. Los dedos de aquel joven capitán que la había llamado paloma mensajera de la paz. Ella no entendía, claro, pero se sentía tranquila, como si le hubiesen crecido las alas y pudiese volar. Notó como unos dedos acariciaban su cabeza, las plumas irisadas y multicolores de su pecho y por primera vez en cuatro días se sintió confortable, se sintió segura, se sintió tratada con respeto.
Lo único que le molestó fue el ruido de la salva, hurra, vítores, disparos al aire, fogatas que aparecieron por doquier, mientras el capitán la paseaba por entre sus hombres y la mostraba en alto diciendo palabras que ella no entendía. Aquello se convirtió en una fiesta, había que celebrarlo por todo lo alto, que no faltase nada, nada. La paz había llegado de patas de una paloma mensajera. Había que celebrarlo. Y ella, sin saberlo, era la causa de todo aquello, la heroína de un cuento de hadas, el mensajero de Dios, de la paz.
Había que celebrarlo, y para hacerlo, el capitán entregó a uno de sus hombres el cuerpo decapitado de la paloma, después de haberle retorcido el pescuezo.
Prepáramela bien cocinada dijo- Hay que celebrar el fin de la guerra por todo lo alto.
Escondida debajo de un tosco armario de pino, pasaba las horas temblando, su libertad coartada, su miedo ensalzado, el hambre y la sed ilimitadas. Su minúsculo cerebro de paloma bravía no era capaz de abarcar más recuerdos que aquel, aquellas manos ajadas de dedos curtidos, grasientos, sucios, que la atenazaban y aquellas tijeras oxidadas que cortaban sus plumones, las cañas huecas y las plumas de una de sus alas.
Ya no podía volar.
Ya no podía escapar.
Dejó de ser libre.
Lo más atrás que recordaba era el dolor que sintió en el aire, mientras volaba con rumbo y destino conocido, un ruido a sus pies y como lentamente caía hacia el suelo. No se sustentaba en el aire, dolía, algo se había metido en su cuerpo, le había dañado, sus alas no respondían, y descendía cual paracaidista, hacia la prisión de su desdicha.
Ahora, arrinconada, inmóvil, capturada su voluntad, aquella paloma mensajera se estaba dejando morir, aterrada por lo extraño, paralizada por una fuerza externa más fuerte, gimoteaba en vez de luchar, escondía su cabeza en las sombras, se refugiaba entre su propia angustia de un ser defenestrado y herido.
Unos pasitos sigilosos, almohadillados, un bulto pequeño se movía dando vueltas, blanco y negro, era la propia muerte en persona quien merodeaba su mazmorra, con cuatro patas, bigotes finos, mirar felino, un lindo gatito paseaba en busca de algo, ella se quedó quieta, más que nunca, su corazón ni palpitaba, presa y depredador jugaban al escondite, al juego de la vida y de la muerte, al juego de la supervivencia del más fuerte, al juego evolutivo, y allá, mimética, en un rincón, la paloma mensajera esperaba el desenlace, y el bigotudo la vio, avanzó hacia ella en movimientos de mamífero perezoso trepa árboles, y la mensajera, se percató, su instinto le hizo huir, dejar la seguridad de aquel rincón y revolotear chocando con las paredes, golpeándose, magullándose nuevamente, buscando los resquicios apropiados para huir de la muerte. La llegada de la muerte era lo que le había dado alas, alas rotas, alas que no le permitían volar, pero si revolotear, si patalear sobre el vaso de leche donde se estaba hundiendo, y de tanto, tanto, tanto patalear, esta habíase cuajado, hecho sólida y ahora podría escapar, ¿ó quizá no?. El gato era joven, poco hábil, poco ducho aun en caza de presas, pero aquella era una de esas en teoría fáciles, herida, asustada, débil, sin lugar a donde escapar en aquel cuartucho de paredes de barro y muebles destartalados, se relamía los labios, afilaba sus garras que servirían de tenedor y sus incisivos, de cuchillos bien templados. Tendría que escupir unas cuantas plumas antes del banquete, pero nada es gratis, y la seguía con la mirada, girando en su alrededor, la boca hecha agua.
La arrinconó.
De un ágil salto le plantó sus patas, sus tenedores, sobre su cuerpo, mientras la mensajera se debatía en últimos esfuerzos de librarse de aquellas garras, desesperados y vanos intentos de rechazar el fin, de pelear hasta el final. Ahora si peleaba. Ahora tenía un motivo. Su vida.
Era curioso, en aquel rincón, cuando no temía por su vida, vivía con miedo, inmovilizada, y sin lucha, cobarde, sin buscar una salida, prisionera de sus temores, y ahora, prisionera también, se empeñaba en luchar.
La claridad del día penetró a través de una puerta por la que un gigante dando gritos y haciendo aspavientos surgió de la nada. Presa y depredador sintieron pánico. El felino intentó antes de la desesperada huida, clavar sus dientes en el cuerpo de la paloma, y huir con ella, como alma que lleva el diablo, mas esta, con reflejos más de gato que de pájaro, se escabulló de entre sus fauces.
Un zapato voló por encima de la cabeza del gato, rizándole las orejas, y turbado y perplejo, el señor felino huyó raudo a través del mismo agujero por donde había entrado, una especie de gatera a media pared, por donde la mensajera, de haber sido dotada de mejor inteligencia y con un poco de paciencia, podría haber escapado.
Sintió de nuevo las mismas manos rudas sobre su cuerpo. Apretaban. Cambió de manos, de manos de gato a manos de humano. ¿Qué más daba? .
Apenas si podía moverse sujeta por aquella pinza, por aquella tenaza.
Vio como abandonaban aquella especie de cuadra donde había estado prisionera cuatro días y salían a la soleada mañana. Una primaveral mañana de primeros de mayo.
- Eh, tú, estúpido, ¿es que no te has dado cuenta hasta ahora?.
- Vuélveme a llamar estúpido y te arranco ¡Anda! ¡Es verdad! ¿Seré estúpido?.
La mensajera notó como unos dedos torpes hurgaban entre sus patas y le arrancaban un trozo de papel, que hacía cinco días formaba parte de su fisonomía, cuando en un lugar bastante alejado de allí, otros dedos, le ataron aquella nota a sus frágiles huesos.
- Vamos a leer lo que pone.
- Toma, léelo tú.
- Trae acá, so ignorante.
- Te juro que un día de estos despertarás con este cuchillo entre
- Aquí dice : La Guerra ha Terminado .
- ¡¡ Ha terminado ¡¡ ¡¡ La guerra ha terminado ¡¡
La mensajera se vio dando vueltas y más vueltas, zarandeada en el aire, alzada hacia arriba, lanzada en volandas y vuelta a coger, se sintió, sin saber quienes eran Sancho y Quijote, como cuando a estos los manteaban, se sentía peor que cuando el bigotudo la tenía atrapada en el pesebre, cuadra, ó lo que fuese aquel redil de paredes de barro donde estuvo encerrada.
- Esto hay que celebrarlo. Por todo lo alto. ¡¡ La guerra ha terminado ¡¡ .
- Si, hurra, hurraaaaaaa, hip, hip, Hurraaaaaaaaa.
La paloma notó como aquellos dos humanos empezaron a andar hacía unas tiendas de lonas situadas varios cientos de metros más allá, donde un grupo de hombres practicaban diversas faenas en el campamento militar de la retaguardia.
- Capitán, capitán. La paloma, la paloma ha traído la buena nueva. La paloma. La guerra ha terminado.
- ¿Qué dices, majadero?
- Mire, mi capitán, es una de nuestras palomas mensajeras, viene del frente, trae un mensaje entre sus patas, firmado, hemos ganado, hemos ganado la guerra. Mire, tenga, léalo. El enemigo ha capitulado.
- Una paloma mensajera de la paz.
- Si, mi capitán, una paloma de la paz.
- Dámela y Retírate.
La mensajera sintió como ahora la sujetaban unos dedos más blandos, más delicados, que parecían acariciar, en vez de apretar. Los dedos de aquel joven capitán que la había llamado paloma mensajera de la paz. Ella no entendía, claro, pero se sentía tranquila, como si le hubiesen crecido las alas y pudiese volar. Notó como unos dedos acariciaban su cabeza, las plumas irisadas y multicolores de su pecho y por primera vez en cuatro días se sintió confortable, se sintió segura, se sintió tratada con respeto.
Lo único que le molestó fue el ruido de la salva, hurra, vítores, disparos al aire, fogatas que aparecieron por doquier, mientras el capitán la paseaba por entre sus hombres y la mostraba en alto diciendo palabras que ella no entendía. Aquello se convirtió en una fiesta, había que celebrarlo por todo lo alto, que no faltase nada, nada. La paz había llegado de patas de una paloma mensajera. Había que celebrarlo. Y ella, sin saberlo, era la causa de todo aquello, la heroína de un cuento de hadas, el mensajero de Dios, de la paz.
Había que celebrarlo, y para hacerlo, el capitán entregó a uno de sus hombres el cuerpo decapitado de la paloma, después de haberle retorcido el pescuezo.
Prepáramela bien cocinada dijo- Hay que celebrar el fin de la guerra por todo lo alto.
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anaid -